Hace un par de años charlaba con unos amigos sobre ciertas crisis a las que se enfrenta el arte en general y particularmente el teatro, cuestionándonos si acaso el teatro debería digitalizarse y si eso no sería una pérdida de su propia esencia. 

Dentro de la preocupación estaba el hecho inocultable de que el teatro ha perdido público, aunque también es cierto que nunca ha gozado de tener un público grande, sino reducido (tentado estaba a decir "selecto", pero vaya tontería que sería utilizar esa palabra excluyente y errónea). 

Como no vine a reflexionar extensamente en esta redacción sobre la crisis del arte, salto directo a la paradoja con la que nos encontramos recién: dos llenos totales consecutivos en una obra de teatro, «La vida vaga», que no es precisamente una obra fácil ni creada con el propósito de ser comercial. Al contrario, hablamos de una obra un tanto densa, existencial, y con mucho contenido literario y social. 

 

Una obra sustancial que magnetizó al público

Si bien es cierto que también tuvimos dos funciones con recinto a medio llenar (una fue así por cuestiones climatológicas y en la otra quizás fallamos un poco en la difusión), también es cierto que vimos público nuevo y en el desmontaje de la obra algunos asistentes comentaron que era la primera vez que veían una obra de teatro. 

Quizás con el entendible prejuicio de que el teatro es aburrido, dichas personas encontraron una realidad contraria, quedaron tan satisfechas que afirmaron que volverán al teatro. De hecho, para esta misma obra, hemos contado con público que ha venido a verla de nuevo. Lo cual nos ha parecido muy interesante y nos ha mandado un mensaje de motivación. 

Y digo que sí que es curioso e interesante, pues la obra consiste en cinco monólogos cuyas historias pueden llegar a ser un bombardeo de cuestionamientos existenciales. Son cinco personajes con estilos de vida tan distintos, pero con algo en común: su vida vaga. Puede entenderse que su tipo de vida sea vaga o que su vida vague; incluso el sentido/significado del nombre de la obra («La vida vaga») ya es propicio a la interpretación subjetiva. 

La obra comienza con un policía que pretende ser un héroe, y, mientras va descuidando a su propia familia por su trabajo, se topa con una protistuta transexual que lo hace conflictuarse con su identidad heterosexual (tal vez homofóbica). También le toca ver de cerca tragedias como la de un suicida caído del optimismo sin argumentos a la realidad desquiciante, y la tragedia (y esto es un tema hasta para debate) de un hombre que prefiere la libertad en la calle, volviéndose progresivamente vagabundo. En paralelo ocurre una historia conectada ¿indirectamente?, sobre un ingeniero frustrado, cuyo verdadero sueño era ser una estrella de rock. 

Es curioso como todos esos personajes tan distintos entre sí, al fin y al cabo tienen algunas similitudes, como las dudas y la pretensión de autoconvencimiento aferrándose o tratando de aferrarse a algunas ideas para sobrevivir a la angustia de vivir, aunque cuestionándose también sobre el mismo sentido de la vida. La vida implica desiciones y voluntad, además de circunstancias inesperadas, ¿cómo lidiar con eso? Cada persona, en algún punto de su vida, suele vagar en zonas críticas de la existencia.


El proceso creativo fue una locura

Mientras describo la obra, de manera muy breve y general, me doy cuenta de cuánta historia está concentrada en un lapso aproximado de una hora con cuarenta minutos. De repente ni siquiera entiendo cómo pudo ser posible esta locura, y captar tanta suntancia en tan limitado espacio de tiempo, pero quizás es ese uno de los factores que vuelven a «La vida vaga» una obra mágica, incluso con destellos poético-metafísicos. 

Otro aspecto bien interesante es describir la obra como una historia, a la misma vez que también describimos a la obra como cinco monólogos, dijera uno: ¿cómo así? 

Pues en efecto, las cinco historias (que además son monólogos) son a la misma vez una sola historia, haciendo de la «La vida vaga» una obra un tanto atípica. Los monólogos están interconectados, pero no solo mediante "lo hablado", sino mediante actuación y el compartir escenario. 

«La vida vaga» está bien lograda, pues no hemos visto en el público persona distraída. Cuando la propuesta apenas estaba desarrollándose, una de las preocupaciones surgidas era no aburrir, pues la creatividad no se frenaba y la obra se extendía. Afortunadamente se logró concentrar mucha historia en poco tiempo y de manera fluida y congruente... y... lo más sorprendente: escribiéndola entre varios. 

Así es, ya me ha tocado decir por ahí esta expresión: «La vida vaga» es una obra creada por sus propios actores-autores, los másters: 

Manuel Hernández (el poli)


Aldrin Luna (el idealista)


Drew Vela (la prosti trans)


Christian Koyoc (el inge heteronormado)


Diego Ramos (el vagabundo) 


Los actores-autores les llamo, pues cada uno de ellos creó y redactó su propia historia. Aunque tuve el honor de intervenir en sus textos, todas las correcciones, modificaciones, recomendaciones e implementaciones complementarias y tallereos que me tocó efectuar, se hicieron por el mismo rumbo que los actores-autores pretendían, pero claro, con el visto bueno de (como se dice en el barrio) el bien rifado director de «La vida vaga»: Ariel Cob Castro. A quien durante el proceso tuve también la dicha de cuestionar, gracias a los privilegios que me otorga ser su amigo; pero siempre, o casi siempre, terminaba convenciéndome su estilo y su forma de proceder, y vaya que el resultado final nos encantó bastante. 


Arte teatral orgullosamente cancunense e interdisciplinario 

En su desarrollo «La vida vaga» tuvo una perspectiva interdisciplinaria, pues además de la visión teatral de Ariel Cob, acompañado del prestigiado Didier Caballero, también estuvo la artista visual Marena X. Sepúlveda, con sus perspectivas perfeccionistas y su lenguaje objetivo, muchas veces de acuerdo con mi punto de vista literario y otras no tanto... y precisamente esa convivencia dinámica y creativa nos llevó a los nueve implicados a quedarnos con una muy grata satisfacción, y a sentirnos orgullosos de la obra creada colectivamente.  

Este orgullo y satisfacción crece todavía más cuando el público aplaude y recomienda «La vida vaga» y cuando expertos en teatro, tanto creadores como consumidores asiduos de este arte, nos felicitan por lo que a menudo llaman una obra muy propositiva y original. 

Dentro de esta bella satisfacción, cabe decir, está el hecho de haber logrado una creación equilibrada. Aunque puedo señalar varios equilibrios sobre esta obra, mencionaré solo uno: se trata de teatro complicado y fácil simultáneamente. Así es, se trata de una obra que se puede disfrutar si lo que buscas es entretenimiento, y se puede entender prestando una atención tranqui. Pero a la misma vez se trata de una obra que le puedes sacar bastante jugo literario, que se puede multiinterpretar, que tiene mucha sustancia existencialista y hasta abre la puerta a la charla filosófica. Que tiene varias capas y dimensiones, y que incluso sus propios creadores continúan aprendiendo de ella misma. 


Última función en 2022

Como todo lo bueno, «La vida vaga» también tiene su fin. Se llevará a cabo la última presentación en 2022 el sábado 17 de diciembre a las 8 p.m. 

Consulta en la fanpage de La Carpita Teatro por si quieres ir apartando tu boleto de una vez.